Sin tacto

OPINION

Percepciones

Por Sergio González Levet

Era la Segunda Guerra Mundial. En un lugar del Oceano Atlántico (¿de cuyo nombre no quiero acordarme?) se encontraron sendos buques de las armadas de Inglaterra y Estados Unidos. Se saludaron de acuerdo con los códigos marineros, y se estacionaron -digamos- juntos.

El capitán del navío inglés convidó a su correspondiente gringo a que le hiciera una visita de cortesía con sus oficiales de mando, y los americanos aceptaron la invitación.

Como es costumbre entre los lobos de mar, en el convivio se sirvieron buenas copas de whisky y se habló de cañonazos, de submarinos y torpedos, y de muchas batallas heroicas. Un buen rato estuvieron departiendo, y después los invitados regresaron a su casa, flotante.

El capitán estadounidense comentó con sus oficiales que los británicos les habían servido los tragos al tiempo, y le ordenó a su asistente que para corresponder la cortesía les mandara una buena dotación de hielos.

Al otro día, del buque inglés llegó un mensaje agradeciendo a los americanos por el hielo, y traía el comentario que el capitán y sus oficiales lo habían aprovechado ¡para darse un buen baño helado!

Cosas de las costumbres, pues los ingleses toman el whisky solo y disfrutan bañarse con agua helada, mientras a los gringos les encantan los tragos en las rocas y las duchas calientes.

Esa anécdota que me contó hace tiempo un viejo lobo de mar ilustra cómo los seres humanos podemos tener percepciones diferentes de la vida y sus comodidades debido a nuestras costumbres aprendidas ya sea en casa o en nuestro terruño.

Y así como entre los extranjeros hay diferencias, entre los seres humanos de diferentes regiones de un país o hasta en grupos distintos en una región o una ciudad también puede haber percepciones diversas. Cuantimás entre quienes abrazan distintas ideologías o modos de vida.

Es comprensible entonces que en la vida diaria constantemente se den desencuentros entre personas o grupos dispares, y es común que la concordia termine por imponerse sobre el enfrentamiento, asentada en la humanidad y la tolerancia, en nuestra naturaleza proclive a la armonía y la tranquilidad, aunque no falten quienes crean y vivan pensando que el hombre es el lobo del hombre.

A México le urge la paz. Han sido muchos años, siglos tal vez, de peleas fraternales entre connacionales que han llevado a la ruina tantas veces la riqueza nacional. Los mexicanos de buena fe somos mayoría inmensa, pero nuestra integridad está afectada por unos cuantos -políticos corruptos, delincuentes organizados o no, comerciantes voraces, amigos y familiares de los poderosos- que tienen secuestrada nuestra vida y nuestra hacienda.

Por ese motivo y por nuestra urgencia de que la vida se componga, es que Xóchitl va.

Y por lo mismo, AMLO no va.

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