ESTADOS UNIDOS, EL PAÍS DE PÓLEMOS

OPINION

A propósito de las expectativas de cambio tras las elecciones estadounidenses de 2026
Urgente y Necesario
Dr. Lenin Torres Antonio

«La guerra (pólemos) es el padre y el rey de todas las cosas; a unos los muestra como dioses, a otros, como hombres; a algunos los hace esclavos, a otros libres».
-Heráclito, fragmento 53.

Ironiza sobre los buenos modales de quien sabe robar sin recurrir a la navaja.
Joaquín Sabina, en «Al ladrón, al ladrón»
La imagen viene al caso:
en política internacional,
la cortesía diplomática puede suavizar
la apariencia de una dominación sin alterar su naturaleza.

¡Con qué facilidad levantamos falsas expectativas! Cansado el mundo de las bravatas de la figura máxima del movimiento MAGA, basta una señal de desgaste electoral de Donald Trump para que resurja la esperanza de un mundo mejor sin él. Pero ¿es Trump la causa de la crisis del orden internacional o su expresión más descarnada?

Voy a ser escéptico. Una derrota del trumpismo no garantiza un cambio de rumbo. Incluso podría restituir los modales de la diplomacia tradicional sin modificar las relaciones de fuerza que sostienen la hegemonía estadounidense. No se trata de absolver a Trump: sus excesos, amenazas y desprecio por los límites institucionales merecen una crítica severa. Se trata de no confundir el estilo de un gobernante con la estructura histórica del poder que representa.

Hay una paradoja que no conviene ocultar: Trump ha reivindicado su voluntad de poner fin a la guerra de Ucrania, mientras la administración de Joe Biden sostuvo militarmente a Kiev y respaldó la política de la OTAN. Pero la búsqueda declarada de la paz no exonera a Trump de sus otras decisiones, del mismo modo que el apoyo a la defensa ucraniana no vuelve legítima la invasión rusa. La expansión de la OTAN fue invocada por Putin como justificación; no convierte en lícita la agresión contra un Estado soberano. Y la responsabilidad de proteger a los ucranianos exige evaluar críticamente tanto la prolongación de la guerra como las condiciones de una paz que no sacrifique su autodeterminación.

Para identificar al discípulo contemporáneo de Pólemos no hace falta una interminable enumeración de guerras. Basta mirar la estructura: según el Military Intervention Project, Estados Unidos acumula más de doscientas intervenciones desde 1945, bajo una definición que incluye determinadas amenazas de fuerza; una estimación independiente identificó alrededor de 750 instalaciones militares estadounidenses en unos 80 países y territorios; y su gasto militar se cuenta cada año por centenares de miles de millones de dólares. Estas cifras, de metodologías y años distintos, no son intercambiables, pero revelan una capacidad extraordinaria y persistente de proyección de fuerza (Kushi y Toft, 2023; Vine, Deppen y Bolger, 2021).

Lo decisivo no es la cifra aislada, sino la normalización de la intervención como instrumento de política exterior. Desde la Guerra Fría hasta el presente, el repertorio ha incluido invasiones, bombardeos, operaciones encubiertas, asistencia militar a aliados, sanciones, presiones financieras y condicionamientos diplomáticos. No son prácticas idénticas ni tienen la misma calificación jurídica; juntas, sin embargo, muestran que el poder no se ejerce únicamente mediante la guerra declarada. Los acontecimientos de Venezuela e Irán mencionados en este análisis de 2026 merecen examinarse precisamente desde esa continuidad y desde sus consecuencias humanas y jurídicas, sin convertir episodios diferentes en hechos equivalentes.

La justificación cambia de nombre según la época: contención del comunismo, defensa de la democracia, seguridad nacional, lucha contra el terrorismo, protección de civiles o estabilidad regional. Algunas preocupaciones pueden ser reales. El problema aparece cuando el discurso moral sirve para encubrir intereses estratégicos, cuando se exige a otros el respeto de reglas que el poderoso se reserva el derecho de interpretar o desbordar. Es el viejo engaño narrativo: convertir una relación de dominación en una supuesta misión civilizadora.

Durante décadas se nos presentó a Estados Unidos como el ejemplo superior de libertad, tolerancia y democracia; como si la legitimidad de sus instituciones internas otorgara, por sí sola, solvencia moral a todas sus actuaciones externas. Esa imagen omite una contradicción constitutiva: el país que proclama derechos universales ha intervenido reiteradamente en la soberanía de otros pueblos. La tragedia del Holocausto, cuya singularidad histórica y memoria deben respetarse, tampoco puede utilizarse como una escala que invisibilice otras atrocidades o impida examinar críticamente las guerras actuales.

Tampoco basta afirmar que la economía estadounidense vive de fabricar guerras. Su economía es mucho más diversa, y no toda confrontación responde a los intereses de la industria armamentística. Pero sí existe un poderoso entramado de contratistas, presupuestos, alianzas estratégicas e intereses económicos que influye en la continuidad de la política militar. Ignorarlo sería tan ingenuo como reducir a él toda la historia de Estados Unidos.

En ese sentido, Trump ha sido quizá más explícito, no más virtuoso. Ha exhibido con menos pudor el lenguaje de la fuerza, el cálculo comercial, los aranceles y la primacía del interés nacional. Donde antes se invocaba con elegancia el orden liberal, ahora se proclama abiertamente la necesidad de hacer grande de nuevo a Estados Unidos. Pero el cambio de retórica no significa que antes faltaran coerción, intervenciones o ambiciones imperiales.

Por eso, ante los resultados de las elecciones intermedias del 3 de noviembre de 2026, importa menos celebrar apresuradamente quién ganó que preguntar qué podría cambiar de verdad. Aunque los demócratas obtengan ventajas y Trump resulte políticamente debilitado, ello no demuestra que desaparezca la competencia por los minerales críticos, los semiconductores, los corredores comerciales, la infraestructura digital, las finanzas y la capacidad de definir las reglas del intercambio mundial. La disputa estratégica con China y Rusia no depende exclusivamente del temperamento de un presidente.

Creería en una transformación de mentalidad si observara compromisos verificables: el fin de las políticas de asfixia económica contra Cuba; el respeto efectivo a la soberanía latinoamericana; una salida negociada a la guerra de Ucrania que exija a Rusia cesar la agresión y respete los derechos de la población ucraniana; el abandono del apoyo incondicional a cualquier gobierno que vulnere el derecho humanitario, incluido Israel; la protección de la población palestina; el respeto a los migrantes; y la aceptación de límites jurídicos reales al uso unilateral de la fuerza.

Creería también si la agenda internacional volviera a colocar en su centro el hambre, la pobreza, la salud, la educación y la preservación de la vida; si la ONU y los organismos supranacionales recuperaran capacidad de mediación y legitimidad, en lugar de limitarse a exhortaciones impotentes. No se trata de sustituir la Agenda 2030 por una consigna improvisada, sino de pensar una agenda de largo plazo, hacia 2050, capaz de hacer exigibles los compromisos de cooperación y dignidad humana.

No espero que semejante giro nazca espontáneamente de la alternancia entre republicanos y demócratas. La hegemonía se reproduce mediante instituciones, intereses, consensos y dependencias que sobreviven a los gobiernos. Pero tampoco afirmo que Estados Unidos sea incapaz de cambiar: eso equivaldría a negar la historia de sus luchas democráticas, sus movimientos sociales y sus voces críticas. El cambio es posible; lo que no es razonable es darlo por hecho porque cambie el ocupante de la Casa Blanca o la composición del Congreso.

La responsabilidad, entonces, corresponde también al resto del mundo. No para construir otro imperio que sustituya al anterior, sino para exigir un orden internacional donde la soberanía no sea privilegio de los fuertes, donde la legalidad alcance a todos y donde la paz no dependa de la benevolencia del más poderoso. La multipolaridad, por sí misma, tampoco garantiza justicia: puede multiplicar las potencias sin reducir la barbarie. Lo necesario es someter todo poder -estadounidense, ruso, chino o de cualquier otra procedencia-a límites compartidos.

¿Quién ganó y quién perdió en estas elecciones? Los balances partidistas tendrán sus cifras y sus titulares. Mi preocupación es otra: si el mundo confunde la pérdida de fuerza electoral de Trump con la derrota de Pólemos, habrá vuelto a depositar su esperanza en un espejismo. Tal vez cambien los modales; la pregunta es si cambiarán las prácticas.

Estados Unidos fue construido sobre una contradicción que todavía no resuelve: por un lado, enarbola los principios de la Ilustración; por otro, ha recurrido una y otra vez a la fuerza para defender su posición en el mundo. No basta denunciar esa contradicción: hay que exigir que la razón, el derecho y la igualdad soberana dejen de ser el lenguaje ceremonial del poder y se conviertan en sus límites efectivos.

Porque Pólemos seguirá reinando mientras la guerra sea un recurso ordinario de la política y la paz apenas una pausa entre dos demostraciones de fuerza.

Noviembre de 2026.

Referencias
Kushi, S., y Toft, M. D. (2023). Military Intervention Project: investigación histórica sobre intervenciones militares estadounidenses.
Vine, D., Deppen, P., y Bolger, L. (2021). Estimaciones de bases e instalaciones militares estadounidenses en el exterior.
Heráclito. Fragmento 53 (tradición textual; traducción aproximada).

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