El perdón en tiempos de cólera

OPINION

Juan Noel Armenta López

Se siente mucha violencia, demasiada. La violencia y el odio escapan a la razón humana. Permean incredulidad y desconfianza en el aire. El odio es el progenitor de la violencia. Hay encono de unos contra otros. La comunicación está rota como en aquella ancestral torre de Babel que pretendía llegar al cielo. Pero lo curioso es que aquí no hay comunicación ni entendimiento pese a que hablamos el mismo idioma. Hay gritos en la calle. Hay gritos en la casa. Hay odios recalcitrantes en la familia y en la sociedad. Tal vez sea verdad que los odios siempre han existido, pero nosotros los sentimos hoy porque es nuestro tiempo de vida. Pero pensamos que han llegado los tiempos de perdonar. No podemos seguir viviendo con odios, es necesario perdonar. Son tiempos de desechar odios. Son tiempos de buscar la reconciliación. Cuando dos personas se odian, cada una siente que le asiste la razón. No hay nada que justifique una sola gota de sangre derramada. No hay nada que justifique una sola lágrima de angustia y de dolor. Muchas veces se espera llegar a viejo para perdonar. Dicen que el tiempo lo cura todo. Pero hay odios que el tiempo no puede curar porque son heridas profundas, que abiertas, se han llenado de letal veneno. Cuando una persona está en el camastro de la muerte, a punto de subirse a la terrible barca de Caronte, es cuando le urge perdonar o ser perdonado. Siempre es buen tiempo para perdonar, nunca es buen tiempo para odiar. No hay un buen odio ni un mal perdón. El perdón no sale del corazón, sale de la razón. La vida es como una oleada de viento que se siente en el rostro y se va fugaz sin rumbo fijo. Toda vida tiene fecha de caducidad. La vida debería de venir acompañada de un estricto control de calidad. Dicen que la muerte está tan segura de su éxito, que te da una vida de ventaja. Los odios más insanos se dan entre personas muy queridas. El alimento preferente del odio, sin duda es la ignorancia. ¿Cómo se aprende a perdonar? El perdón es un acto de inteligencia y de fe, no hay escuela del perdón. Las telarañas del odio atan al buen samaritano, le empañan la razón, y le pudren el alma. Las enfermedades del cuerpo y de la mente, están muy unidas al pesebre de los odios. Los odios no nacen en el sacro grial, nacen y florecen en la estupidez humana. No se tarde en perdonar, quizás no le alcance el tiempo. El que odia, tiene invertida la escala de valores, por eso privilegia odiar antes que amar. Cuando se muere el que odia, nunca podrá descansar en paz. Cuando se muere el que odia, los odiados descansan en vida. La magia que envuelve al perdón, nos libera de una pesada carga que venimos arrastrando durante incontables años. Es difícil pronunciar la palabra perdón, sólo el sabio es capaz de hacerlo porque conoce la humildad. Empieza por sacar cosas en el canasto que llevas sobre la espalda y que no necesitas. La carga

inútil desde que se sube a cuestas lastima. Aligera la carga y caminarás más lejos. Que mis palabras surquen los aires y lleguen hasta los oídos necios de aquellos que necesitan retomar el camino del bien. Hablaba así aquél apóstol parado y con los brazos abiertos en la cima de la montaña del perdón. Perdía el apóstol su mirada en el verde-azul del infinito, mientras escuchaba el chasquido del vaivén de las aguas del río. Cuando pueda usted, vaya al panteón del pueblo de Chachitla y lea sobre la lápida de una tumba abandonada: ¡Aquí yace quien mañana pensaba perdonar y ser feliz! Gracias Zazil. Doy fe.