Cada vez nos acercamos más. A cuba. Y Venezuela

OPINION
El gran desastre. Económico. Que se viene ya comenzó
😔SIN MORDAZA| Cuando se apaga un ingenio, también se apaga un pueblo
Viridiana Reyes Cruz
El 4 de agosto de 2026 quedará marcado como otro de esos días que duelen en la memoria de Lerdo de Tejada.
La noticia del cierre del Ingenio San Pedro no representa únicamente el paro de una empresa. Es el golpe a una región que desde hace más de una década comenzó a perder su vocación industrial sin que nadie construyera una alternativa real.
Primero fue el Ingenio San Francisco.
Hoy es el Ingenio San Pedro.
Y la pregunta inevitable es: ¿qué le queda ahora a Lerdo de Tejada?
Durante décadas esta ciudad giró alrededor del azúcar. Las sirenas marcaban el inicio de la jornada, las chimeneas anunciaban empleo y miles de familias encontraban en la zafra la certeza de llevar alimento a casa.
Hoy esas chimeneas permanecen mudas.
El cierre del San Francisco, en 2013, prometía ser una lección. Se habló de rescates, de reactivación económica y de nuevos inversionistas. Nada ocurrió. Lo único que llegó fue el desempleo, la migración, el cierre de pequeños negocios y una economía que aprendió a sobrevivir con menos.
Trece años después, la historia vuelve a repetirse.
Pero esta vez hay algo que duele tanto como el propio cierre.
El silencio.
Mientras afuera de la factoría comenzaban a reunirse obreros y algunos productores cañeros, la escena parecía más un velorio que una protesta. Hombres con la mirada perdida, llamadas telefónicas que nadie respondía, familias esperando noticias que nunca llegaron.
Y, sin embargo, nadie salió a dar la cara.
Ni un ejecutivo.
Ni un gerente.
Ni un propietario.
Hasta la noche de este 4 de agosto tampoco aparecieron públicamente los dirigentes cañeros para explicar cuál será el rumbo de miles de productores que dependen de esta industria.
La incertidumbre sobre la inminente quiebra terminó siendo confirmada, paradójicamente, por la alcaldesa de Ángel R. Cabada. Mientras una autoridad de un municipio vecino informaba sobre la crisis, en Lerdo de Tejada no hubo un solo posicionamiento oficial que ofreciera certidumbre o, al menos, acompañamiento a las familias afectadas.
Ese vacío institucional también pesa.
Porque detrás de cada tonelada de caña existen familias completas.
Detrás de cada obrero hay hijos estudiando, comerciantes esperando ventas, transportistas, mecánicos, fondas, tortillerías, talleres y pequeños negocios cuya economía depende de que exista una zafra.
Cerrar un ingenio no significa únicamente apagar una fábrica.
Significa apagar el principal motor económico de toda una región.
Es cierto que la agroindustria azucarera atraviesa una de sus peores crisis. El bajo precio de la caña, el incremento en los costos de producción, los mercados saturados y la falta de políticas públicas de largo plazo han convertido al sector en una bomba de tiempo.
Pero precisamente por eso se esperaba algo más que silencio.
Se esperaba responsabilidad.
Se esperaba información.
Se esperaba sensibilidad.
Porque las crisis no desaparecen ocultándolas.
Y mientras los responsables guardaban silencio, cientos de familias hacían cuentas para saber cómo enfrentarán los próximos meses.
Hay historias que una periodista no puede escribir con absoluta frialdad.
Esta es una de ellas.
Crecí viendo cómo la caña daba de comer a mi familia. Desde mis bisabuelos, el campo cañero y los ingenios fueron el sustento de generaciones enteras. Ser obrero del ingenio era motivo de orgullo; ser cañero era heredar un modo de vida. En Lerdo de Tejada, el azúcar nunca fue solamente una industria: fue la identidad de un pueblo.
También recuerdo los bloqueos de carreteras cuando agonizaba el Ingenio San Francisco. Recuerdo la desesperación de los trabajadores, las promesas de rescate, las reuniones interminables y la esperanza de que aquella historia no volviera a repetirse.
Hoy, trece años después, esa herida vuelve a abrirse.
Ver las puertas del San Pedro cerrarse duele.
Duele porque detrás de ese portón hay miles de historias.
Duele porque detrás de cada camión detenido hay un productor que no sabe si podrá levantar su próxima cosecha.
Duele porque detrás de cada obrero congregado afuera del ingenio hay una familia preguntándose cómo pagará la despensa, la escuela de sus hijos o las medicinas del siguiente mes.
Lerdo de Tejada no sólo está perdiendo otro ingenio.
Está perdiendo una parte de su historia.
Y lo más triste es que, mientras un pueblo entero busca respuestas, quienes tendrían que ofrecerlas siguen escondidos detrás del silencio.
Porque cuando un ingenio deja de moler, no sólo se detienen los molinos.
También se detiene el corazón económico de un pueblo.
Y esa factura, como siempre, no la pagarán los empresarios ni los funcionarios.
La pagarán las familias de Lerdo de Tejada. Las mismas que, generación tras generación, hicieron del azúcar el dulce que sostuvo a toda una región.
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