Apuntes desde el suelo

OPINION

 

 

Café y “soberanía mexicana” en Marte (Dip. Victoria Gutiérrez): la degradación de la política y el eterno retorno del Plan Ares (el comodín de Omar Pensado)

 

Dr. Lenin Torres Antonio

 

Hay ocasiones en que una declaración política provoca risa, hay otras en que, después de la risa, debería producir preocupación.

 

La diputada local de Morena en Veracruz, Victoria Gutiérrez Pérez, pertenece ya a la segunda categoría.

 

En septiembre de 2025 se volvió viral después de afirmar que científicos veracruzanos habían construido una nave espacial y que, con ella, podría llevarse el café de Veracruz hasta Marte. El episodio parecía destinado a quedar como una más de esas extravagancias que produce cotidianamente nuestra política. Pero no.

 

Un año después, el 9 de septiembre de 2026, la diputada volvió sobre el asunto, y lejos de corregir aquel exabrupto sin sentido, amplió la narrativa: habló nuevamente del Proyecto Ares, de científicos xalapeños, de terraformar Marte para convertirlo en un oasis, de llevar agricultura y café al planeta rojo y, todavía más, afirmó que el proyecto otorgará a México “soberanía espacial”. También aseguró que los científicos “ya tienen una nave” y que en un taller ubicado en Emiliano Zapata se encuentran “las naves y unos misiles”.

 

El asunto sería magnífico para una caricatura, el problema es que quien habla es diputada. Y ahí termina el chiste.

 

Porque el verdadero tema de esta historia no es Marte, es la degradación de la política mexicana y de algunos vivillos.

 

Existe una cuestión que nuestra discusión pública suele evadir: la calidad de quienes llegan a ejercer la representación política.

 

No estoy planteando que para ser diputado deba exigirse un doctorado ni convertir la democracia en una aristocracia universitaria, sería absurdo. La inteligencia, el sentido común, la sensibilidad social y la capacidad política no dependen necesariamente de un título académico.

 

Una persona sin universidad puede representar extraordinariamente a una comunidad, y un doctor puede ser perfectamente un imbécil. El problema es otro.

 

Quien ocupa una responsabilidad pública tiene cuando menos la obligación de saber hasta dónde llega su conocimiento y de guardar prudencia frente a aquello que desconoce.

 

No se necesita ser ingeniero aeroespacial para comprender la diferencia entre “un prototipo experimental” y “una nave espacial operativa”*, como no se necesita ser astrofísico para saber que mostrar una cápsula en una exposición no equivale a poseer capacidad tecnológica para viajar a Marte. Y tampoco se requiere un posdoctorado para entender que hablar desde un Congreso de “naves y misiles” exige un grado mínimo de responsabilidad.

 

Lo preocupante no es solamente que una diputada pueda decirlo, lo verdaderamente preocupante es que, después de decirlo, “el sistema político se movilice para justificarla en lugar de corregirla”. Ahí  comienza la degradación de la política, cuando la incompetencia deja de producir vergüenza institucional.

 

Cuando reconocer un error parece políticamente más peligroso que sostener el disparate, cuando el partido se siente obligado a proteger a quien habló, aun a costa del sentido común. Y entonces apareció como tabla de salvación el Plan Ares.

 

El Plan Ares existe, hay que decirlo con toda claridad porque precisamente ahí se encuentra la parte más interesante de esta historia: el Plan Ares existe, y no es una invención de la diputada.

 

Héctor Omar Pensado Díaz ha encabezado durante muchos años, un poquito más de dos décadas 21 años y 7 meses para ser preciso, un proyecto denominado Plan Ares, relacionado con simulaciones de exploración de Marte, módulos experimentales, habitabilidad, cultivos, sistemas de soporte vital y otros planteamientos vinculados con la exploración espacial.

 

En 2017, incluso, Omar Pensado participó en el primer Congreso “México hacia Marte”, organizado por la Agencia Espacial Mexicana, donde presentó la ponencia “Plan Ares: una iniciativa mexicana para la exploración de Marte”.

 

En años posteriores se han desarrollado también misiones análogas y ejercicios de simulación vinculados con el proyecto. Por tanto, sería intelectualmente deshonesto afirmar que no existe ninguna actividad detrás del Plan Ares.

 

Pero precisamente porque existe, debemos hacerle las preguntas que se le hacen a cualquier proyecto que se presenta como científico.

 

Y ahí comienza el problema.

 

El calendario avanza; Marte se aleja. Revisemos el archivo, y no basemos lo que escribo como una simple opinión personal, ni de la diputada, e incluso, ni lo que yo recuerdo haber visto.

 

El archivo, cuentas y años: En agosto de “2014”, Omar Pensado declaraba públicamente que el Plan Ares llevaba aproximadamente “diez años desarrollándose”. Es decir, situaba sus orígenes alrededor de 2004.

 

En aquella entrevista se informó que el proyecto llevaba “30 por ciento de avance” y Pensado sostuvo que estaba proyectado para concluirse en un plazo “no mayor a 7 años”.

 

Hagamos una operación matemática elemental: 2014 más siete años: 2021, éste era el horizonte anunciado.

 

En marzo de “2015”, Pensado presentó uno de los módulos de comando. La información periodística explicaba expresamente que aquel aparato ”serviría solamente para la fase de experimentación”*. Se realizarían simulaciones, estudios sobre cultivos, reciclaje de agua, aire, energía y habitabilidad.

 

En “2016”, la descripción continuaba siendo la de un prototipo: una estructura de aproximadamente 2.60 metros de diámetro por 6.40 metros de longitud, con cabina, dormitorios, área de cultivo y almacenamiento, destinada a realizar diversos estudios experimentales.

 

Hasta aquí no existe nada extraño, pues los proyectos científicos requieren tiempo.

 

Los prototipos son precisamente eso: instrumentos experimentales.

 

El problema aparece cuando dejamos avanzar el calendario.

 

Llegamos a “2025”. Habían transcurrido once años desde aquella declaración de 2014, y 21 años de iniciar el proyecto aeroespacial (2004). Es decir, más de veinte desde el momento en que, según el propio Pensado, había comenzado a trabajarse en el proyecto.

 

¿Qué teníamos entonces? Todavía un “prototipo”.

 

En septiembre de 2025, después de la primera controversia provocada por Victoria Gutiérrez, diferentes medios aclararon que el aparato exhibido públicamente no era un vehículo apto para viajar al espacio, sino un prototipo perteneciente al Plan Ares. El propio Pensado lo describió como el prototipo de una nave espacial.

 

Unas semanas después apareció una declaración todavía más reveladora.

 

El 2 de octubre de 2025, Omar Pensado explicó que llegar a Marte tomaría “al menos otros diez años”.

 

Pero antes habría que superar etapas que distan muchísimo de una misión marciana: construir una cápsula, lanzarla a la estratósfera, desarrollar un cohete, poner personas en órbita terrestre, avanzar hacia una misión lunar y solamente después pensar en Marte.

 

Más aún: en octubre de 2025 se reconocía públicamente que el proyecto de construir un cohete mexicano “todavía no tenía los recursos necesarios” y que se encontraban cabildeando con empresarios para conseguirlos.

 

Entonces la pregunta se vuelve inevitable: “¿qué ocurrió con aquel horizonte de siete años anunciado en 2014?”

 

En 2014, después de aproximadamente diez años de trabajo, se anunciaba un 30 por ciento de avance y un plazo máximo de siete años, y once años después, en 2025, Marte volvía a colocarse aproximadamente diez años hacia adelante.

 

Y todavía faltaba desarrollar la capacidad de lanzamiento.

 

No necesito calificar esto, “la cronología habla sola”, el calendario avanza, la promesa rejuvenece, y Marte se aleja.

 

“El mismo prototipo que he visto durante años” ser exhibido, hablado, vanagloriado, y presentado principalmente a la clase gobernante en turno, priista primero, panista segundo y ahora morenista.

 

Aquí debo abandonar momentáneamente el archivo y hablar como testigo.

 

Conozco a Omar Pensado desde hace más de veinticinco años, lo considero un hombre inteligente. Y precisamente porque lo considero inteligente me resulta difícil atribuir a simple ingenuidad la persistencia de determinadas narrativas construidas alrededor de este proyecto.

 

He visto personalmente el Plan Ares durante muchos años, he visto su módulo, he observado sus presentaciones, he conocido la manera en que el proyecto reaparece ante distintos actores e instituciones políticas.

 

Y mi apreciación personal —subrayo: “*mi apreciación derivada de la observación directa”- es que el objeto que durante años se ha exhibido mantiene una continuidad extraordinaria con aquel prototipo que conocí tiempo atrás.

 

No voy a afirmar irresponsablemente que técnicamente “no le han cambiado un tornillo”, aunque sospecho que sí, porque para demostrarlo necesitaríamos planos, especificaciones, bitácoras de ingeniería y una comparación técnica de sus diferentes versiones. Pero sí puedo decir algo: “yo he visto sustancialmente la misma idea, el mismo artefacto y la misma promesa reaparecer durante años”, y el acercamiento con el poder de Omar Pensado con su comodín ha sido una costumbre, y como le presenta lo mismos a los gobernantes en turno, no a las agencias nacionales e internacionales científicas.

 

Precisamente por eso sería extraordinariamente sencillo despejar cualquier duda.

 

Que se presente públicamente la evolución técnica del proyecto ( Versión 2014.

Versión 2015. Versión 2017. Versión 2023. Versión 2025. Versión 2026), e incluso, el origen en 2004. Y responda las siguientes preguntas: ¿qué componente cambió?,

¿qué sistemas fueron probado?, ¿qué tecnología nueva se incorporó?, ¿qué falló?,

¿qué se corrigió?, ¿qué etapa fue concluida?, ¿qué porcentaje de avance tiene hoy en relación a la primera versión de 2014?, ¿qué ocurrió con aquel 30 por ciento de 2014?, ¿por qué pasó sus predicciones de conclusión en el 2014 de 7 años, y ahora, 2026 a 10 años?, ¿qué agencias nacionales e internacionales avalan sus avances programáticos? Eso es ciencia, no fotografías, no ceremonias, no reconocimientos, no declaraciones políticas.

 

Ahora vamos a las “Evidencia”.

 

“Move y exhibir un prototipo no significa hacer avanzar un proyecto”.

 

Durante años he observado también algo que considero políticamente relevante: la capacidad del proyecto para reaparecer ante diferentes momentos del poder.

 

Insisto en una distinción fundamental, pues no estoy afirmando que todos los gobiernos hayan financiado Plan Ares, tampoco afirmo, porque no poseo la documentación para demostrarlo, cuánto dinero público o privado recibió en cada periodo.

 

Mucho menos convertiré mi percepción personal sobre el patrimonio de una persona en una acusación financiera que requiere documentos.

 

Eso sería hacer exactamente aquello que critico: “afirmar sin demostrar”, como algunos actores políticos se la pasan haciendo.

 

Pero sí puedo plantear una pregunta perfectamente legítima: “¿cómo se ha financiado el Plan Ares durante todos estos años?”, en que se ha invertido tal presupuesto, por cierto, Omar no le ha dado crédito que el primer financiador del proyecto Ares fue el Mtro. Héctor Zuñiga Martínez, rector fundador de la UPAV.

 

Después de más de dos décadas de desarrollo declarado, conocer esa información sería completamente normal.

 

¿Cuánto dinero ha recibido?, ¿De quién?, ¿Mediante qué convenios?, ¿Qué instituciones públicas han aportado recursos?, ¿Qué universidades?, ¿Qué empresas?, ¿Qué gobiernos municipales, estatales o federales?, ¿Cuánto fue aportación privada?, ¿Cuánto financiamiento público?, ¿Cuáles fueron los productos comprometidos y cuáles los entregados?

 

No estoy formulando una acusación penal, estoy solicitando algo mucho más elemental: “transparencia”.

 

Porque cuando un proyecto busca respaldo gubernamental, se presenta ante autoridades, participa en instituciones públicas, recibe reconocimientos oficiales y solicita apoyo para continuar desarrollándose, deja de ser extravagante preguntar cómo se financia y qué resultados produce.

 

En 2025, el propio Pensado hablaba abiertamente de la necesidad de inversión de gobierno, academia e iniciativa privada y de cabildeo con empresarios mexicanos para conseguir recursos.

 

Por ello resulta pertinente reconstruir toda la historia financiera del proyecto, no para condenarlo anticipadamente, tan sólo para evaluarlo.

 

Otra información y pregunta incómoda del Centro de “investigación científica que dirige Omar Pensado.

 

Existe además un dato documental que merece aclaración.

 

El Registro Federal de las Organizaciones de la Sociedad Civil identifica al “Centro de Investigación Atmosférica y Ecológica A.C.”, institución históricamente vinculada a Omar Pensado y al Plan Ares, con estatus de “Inactiva”. El propio registro menciona a Héctor Omar Pensado Díaz entre sus representantes y consigna los informes anuales de 2017, 2018, 2019, 2020, 2021, 2022, 2023 y 2024 como “No Presentado”.

 

Aclaremos inmediatamente lo que esto significa y lo que **no significa**, no demuestra fraude, no demuestra enriquecimiento ilícito, no prueba que el Plan Ares carezca de actividades, y no constituye una evaluación de su calidad científica.

 

Pero abre una pregunta perfectamente legítima: “¿cuál es actualmente la personalidad jurídica e institucional bajo la cual funciona el proyecto y cuál es su mecanismo de rendición de cuentas?”

 

Si el Plan Ares es hoy desarrollado por otra institución, que se diga, si el Centro cambió de figura jurídica, que se documente, si existe una nueva estructura académica o empresarial, que se identifique, nada de esto debería incomodar a una institución científica. Pues la transparencia no destruye la ciencia, la fortalece.

 

Algo que me hace ruido es la insistencia  y el interés permanente de Omar en presentar su Proyecto Ares Marte a la clase gobernante, será porque es ignorante esa clase, no pide cuentas, ni comprobación científica, y lo que le interesa es la foto, Omar como científico debe saber que la ciencia no se demuestra con gobernantes.

 

En abril de 2025, el módulo fue mostrado a la presidenta Claudia Sheinbaum. En 2017, Pensado había participado en el Congreso “México hacia Marte” de la Agencia Espacial Mexicana. En otros momentos el Plan Ares ha aparecido en ferias, congresos, universidades y exposiciones. Todo eso demuestra actividad institucional.

 

Pero debemos comprender algo fundamental: “la cercanía al poder no constituye validación científica”.

 

Que un presidente suba a un prototipo no certifica su ingeniería, que un gobernador se fotografíe junto a él no demuestra que pueda volar, que una institución invite a presentar un proyecto tampoco equivale a certificar todos sus resultados, que alguien reciba un doctorado *honoris causa* no convierte una hipótesis en evidencia.

 

La ciencia posee otros mecanismos: publicaciones arbitradas en revistas indexadas, patentes, protocolos experimentales, resultados reproducibles, datos abiertos, validación independiente, equipos identificables y certificados, instituciones acreditadas, desarrollo tecnológico demostrable, pruebas exitosas, pruebas fallidas también, porque la verdadera ciencia no tiene miedo de reconocerlas, y acreditación del personal científico.

 

Por eso la pregunta que debemos hacerle al Plan Ares después de veinte años no es si ha conseguido aparecer frente a suficientes personalidades.

 

La pregunta es: “¿qué ha producido científicamente que pueda evaluarse independientemente?*”

 

Aquí vale hacer una disertación de la frontera entre ciencia y pseudociencia, pues podemos llegar al verdadero problema.

 

La pseudociencia no necesariamente se presenta con túnicas, horóscopos o bolas de cristal, también puede hablar con vocabulario técnico, puede construir prototipos, puede organizar congresos, puede imprimir revistas, puede obtener reconocimientos, puede fotografiarse con políticos, incluso puede incorporar científicos auténticos a actividades determinadas.

 

Nada de ello resuelve por sí mismo la cuestión fundamental.

 

Karl Popper colocó hace décadas una pregunta brutalmente sencilla en el centro de la demarcación científica: “¿qué evidencia permitiría demostrar que estamos equivocados?”

 

La ciencia arriesga sus afirmaciones frente a la realidad.

 

La pseudociencia hace algo distinto: cuando llega el momento en que una promesa debería cumplirse, desplaza la promesa hacia adelante, 7 años, ahora 10 años para concluir el Plan Ares, por eso su cronología merece ser estudiada.

 

No estoy afirmando como sentencia definitiva que todo el proyecto sea pseudociencia. Estoy planteando algo más serio: “después de más de veinte años de desarrollo declarado, corresponde someterlo a una evaluación científica externa capaz de determinar cuánto pertenece a investigación científica, cuánto a divulgación, cuánto a diseño conceptual y cuánto permanece únicamente como promesa”.

 

Que lo evalúen especialistas independientes en ingeniería aeroespacial, propulsión, medicina espacial, sistemas de soporte vital, astrobiología y tecnología de materiales. Y publiquemos el dictamen.

 

Si el Plan Ares supera esa revisión, magnífico, Veracruz tendría razones para sentirse orgulloso.

 

Pero si después de dos décadas encontramos básicamente proyectos conceptuales, simulaciones, prototipos terrestres, presentaciones institucionales y horizontes que se desplazan permanentemente hacia el futuro, entonces habrá que decirlo también.

 

Porque “la ciencia que merece ese nombre no necesita ser protegida de las preguntas”.

 

Y entonces aparece la diputada, ahora volvamos a Victoria Gutiérrez.

 

En 2025 el propio Omar Pensado explicó que la controversia alrededor del café había servido para promocionar tanto al aromático veracruzano como al Proyecto Ares. También explicó que el objetivo final hacia Marte estaba todavía a unos diez años y que antes debían desarrollarse las etapas ya mencionadas.

 

Un año después, el 9 de septiembre de 2026, la diputada vuelve a afirmar que los científicos “ya tienen una nave”, habla de terraformación, de soberanía espacial y de “naves y unos misiles” instalados en Emiliano Zapata.

 

Entonces tenemos una paradoja extraordinaria.

 

Mientras la explicación técnica reconoce etapas pendientes, carencia de infraestructura y horizontes de largo plazo, la explicación política convierte el prototipo en nave, la investigación en conquista espacial y una posibilidad futura en “soberanía nacional”.

 

¿Qué ocurrió ahí?

 

¿La diputada volvió a entender mal? ¿Quién le explicó el proyecto? ¿Con qué información sostiene sus declaraciones? ¿Los responsables del Plan Ares respaldan literalmente lo que ella afirma? ¿Existe realmente una nave espacial operativa? ¿Existen esos “misiles” de los que habla? ¿Qué significa técnicamente esa palabra? ¿Se refiere a cohetes experimentales, motores, prototipos, maquetas o vehículos de prueba? ¿En qué etapa de desarrollo se encuentran? ¿Qué autoridad conoce de ellos y bajo qué regulación operan?

 

Pero existe una pregunta todavía más incómoda.

Si, como pudo observarse en aquella conferencia, el propio Omar Pensado se encontraba presente mientras la diputada describía su proyecto en esos términos, ¿por qué no la corrigió?

 

Ése es un punto fundamental.

 

Porque si el responsable del Plan Ares escucha que un prototipo experimental es presentado públicamente como una nave espacial; que se habla de “naves y misiles”; que se anuncia una expedición próxima; que se plantea terraformar Marte y que todo ello proporcionará a México “soberanía espacial”, su silencio hace mucho más difícil sostener después que estamos simplemente frente a una legisladora que “entendió mal” una explicación científica.

 

Una confusión puede ocurrir una vez, cuando se repite, se amplifica y ocurre delante de quienes podrían corregirla, deja de bastar la explicación del malentendido.

 

Y aquí aparece precisamente la relación problemática entre política y ciencia que atraviesa este artículo: el discurso político engrandece el proyecto y el proyecto obtiene, a cambio, una exposición pública que difícilmente conseguiría presentándose simplemente como lo que técnicamente es en este momento: un programa experimental que todavía tiene pendientes etapas elementales antes siquiera de disponer de capacidad propia para colocar una tripulación en órbita.

 

No necesito afirmar que existe un acuerdo entre ellos. Tampoco necesito atribuir intenciones que no puedo demostrar.

 

Me basta formular una pregunta: ¿a quién beneficia la exageración?

 

A la diputada le permite presentarse asociada con la ciencia, la innovación, la “soberanía espacial” y una fantástica conquista mexicana de Marte.

 

Al Plan Ares le proporciona visibilidad política, acceso a funcionarios, exposición mediática y mejores condiciones para buscar los apoyos que sus propios responsables han reconocido necesitar.

 

Y aquí la historia adquiere una ironía particular.

 

Porque, si verdaderamente ya existen las “naves”, los “misiles” y una expedición preparada para el próximo año, entonces el propio Plan Ares tendría que explicar por qué apenas en 2025 su director hablaba todavía de desarrollar el cohete, alcanzar primero la órbita terrestre y recorrer diversas etapas antes de pensar seriamente en Marte.

 

Pero si tales naves y misiles no existen en el sentido que cualquier ciudadano entiende esas palabras, entonces alguien tendría que haber corregido inmediatamente a la diputada.

Y quien mejor podía hacerlo era, precisamente, el responsable científico del proyecto.

 

Por eso el silencio importa.

 

No demuestra por sí mismo complicidad, engaño ni acuerdo alguno.

 

Pero sí destruye la comodidad de atribuirlo todo a la ignorancia de Victoria Gutiérrez.

 

La diputada puede desconocer la diferencia entre un simulador terrestre y una nave interplanetaria.

 

Quien dirige desde hace décadas un proyecto de investigación espacial no. Y entonces la pregunta cambia: ¿Victoria Gutiérrez está deformando el Plan Ares o el discurso grandilocuente de Victoria Gutiérrez resulta funcional al eterno retorno del Plan Ares ante el poder?

 

Porque después de que una legisladora afirma públicamente que existen “misiles” en un taller de Emiliano Zapata, ya no basta responder que fue una metáfora desafortunada.

 

Las palabras pronunciadas desde el poder tienen consecuencias, y todavía no lo entiende la clase política, Victoria no es el problema: es el síntoma.

 

Sería demasiado fácil terminar burlándonos de Victoria Gutiérrez, dería injusto incluso con el problema, Victoria es sólo el síntoma.

 

Lo verdaderamente grave es el sistema que hace posible que declaraciones de esta naturaleza no produzcan una inmediata exigencia de rigor dentro del propio partido.

 

Morena prometió ser distinto, prometió romper con las prácticas del viejo régimen, prometió una transformación de la vida pública.

 

Pero la transformación política no consiste solamente en ganar elecciones, aumentar programas sociales o sustituir funcionarios priistas y panistas por funcionarios morenistas.

 

Transformar significa cambiar “la relación con el poder”*, y eso incluye recuperar algo que nuestra política parece haber perdido: “la vergüenza ante el error”, e ignorando sustituir la obediencia dogmática de la disciplina partidaria por la cultura crítica y autocritica.

 

Una democracia madura no se degrada porque un representante se equivoque, porque todos nos equivocamos, se degrada cuando nadie puede reconocerlo, cuando la disciplina partidaria sustituye la inteligencia, cuando la pertenencia vale más que la capacidad, cuando la propaganda reemplaza la explicación, cuando el poder protege el disparate porque admitirlo podría significar concederle algo al adversario. Ahí comienzan las democracias intelectualmente pobres.

 

Pero son los mismos de siempre, pero éste fenómeno tampoco pertenece exclusivamente a Morena, sería demasiado cómodo afirmarlo, lo vimos durante décadas con el PRI, lo vimos con el PAN.

 

Políticos rodeados de personajes dispuestos a decirles lo que desean escuchar, reconocimientos recíprocos, otorgarse Doctorados *honoris causa* en el congreso de los diputados a diestras y siniestras, crear institutos con nombres grandilocuentes, congresos, diplomas, fotografías, ceremonias, proyectos anunciados como históricos.

 

Y una clase política con frecuencia incapaz de distinguir entre el conocimiento genuino y la escenografía del conocimiento.

 

Morena corre ahora el riesgo de convertirse precisamente en aquello contra lo que construyó buena parte de su identidad.

 

Los nombres cambian, los rituales permanecen, los gobernantes se suceden, los personajes que conocen cómo aproximarse al poder sobreviven a todos ellos.

 

Por eso el caso del Plan Ares trasciende a Omar Pensado, nos permite formular una pregunta sobre la relación entre **conocimiento, simulación y poder**.

 

Primero Veracruz; después Marte, ahí está el hándicap.

 

Hay, finalmente, una ironía que resulta imposible evitar, antes de terraformar Marte, quizá podríamos intentar transformar Veracruz.

 

Antes de sembrar café en el planeta rojo, podríamos mejorar las condiciones económicas de quienes lo siembran en Huatusco, Coatepec, Córdoba y las regiones cafetaleras veracruzanas.

 

Antes de proclamar “soberanía espacial”, podríamos construir soberanía científica verdadera, universidades fortalecidas, investigadores bien pagados, laboratorios, becas, ingeniería, patentes, investigación básica, desarrollo tecnológico, empresas capaces de convertir conocimiento en innovación, jóvenes científicos que no tengan que marcharse del país para desarrollar su talento, y, sobre todo:evaluación científica rigurosa.

 

Eso sería revolucionario, eso sería defender la ciencia mexicana.

 

Una invitación pública, por ello termino con una propuesta sencilla.

 

Que Omar Pensado y los responsables del Plan Ares hagan pública la historia completa del proyecto, no una presentación, no un video promocional, no otra ceremonia, un expediente científico, cronología, presupuesto, fuentes de financiamiento, instituciones participantes, publicaciones científicas arbitradas, patentes, prototipos y versiones, pruebas realizadas, resultados, fracaso de pruebas, cuando los haya, sistemas desarrollados, porcentajes de avance estadísticamente y científicamente verificables, metas anunciadas y metas cumplidas, y que especialistas independientes lo evalúen.

 

Si estamos frente a uno de los proyectos aeroespaciales más importantes desarrollados en México, semejante evaluación solamente puede beneficiarlo.

 

Si no lo estamos, también tenemos derecho a saberlo.

 

Porque después de más de veinte años de promesas, la pregunta ya no puede responderse enseñando nuevamente el prototipo, pues Mover un prototipo de una exposición a otra no significa hacer avanzar una investigación.

 

Ni llevarlo ante un nuevo gobernante significa comenzar nuevamente el calendario.

 

La ciencia requiere memoria, y el periodismo también.

 

En 2014 faltaban, según aquella previsión, no más de siete años, y en el 2025 faltaban nuevamente unos diez.

 

Y en 2026 una diputada nos anuncia que prácticamente tenemos nave, misiles, terraformación y soberanía espacial.

 

No sé cuándo llegará finalmente el café veracruzano a Marte, pero hay algo que ya podemos afirmar: “la promesa ha viajado mucho más que la nave”.

 

Y mientras esperamos que algún día el Plan Ares abandone realmente la Tierra, una parte de nuestra clase política parece haberla abandonado hace mucho tiempo.

 

Veracruz, septiembre de 2026

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