Punto de Vista

OPINION
* ¿Y si sí?
Filiberto Vargas Rodríguez
Prefacio.
El Partido Acción Nacional (PAN) vive un momento coyuntural. *** Desde su comité nacional, con Jorge Romero al frente, este añejo instituto político anunció un “relanzamiento” que no se limitaría a un probable cambio de logotipo, o a una reforma estatutaria, ni a la promesa de apertura ciudadana. Se planteó como un programa de gobierno que responda a la pregunta que persigue al panismo desde la derrota de 2018: ¿qué representa el PAN frente a un oficialismo que domina la conversación pública, las instituciones y las urnas? *** El panismo veracruzano está incorporado a ese nuevo proyecto y ha dado sus primeros pasos. En principio, el cambio de su dirigencia estatal a partir de la construcción de consensos. *** En atención a la exigencia legal de privilegiar la alternancia de género, correspondía impulsar a una mujer para el cargo más relevante de Acción Nacional en Veracruz. Los diversos grupos, las distintas posturas, encontraron en Ana Ledezma el punto de convergencia. Le toca ahora a ella responder a ese importante reto. *** Ana Cristina Ledezma es originaria de Soledad de Doblado (lo que, por cierto, no la vincula forzosamente con la familia Yunes); estudió Contaduría Pública en el Colegio Cristóbal Colón de Veracruz y pasó de forma natural, de hacer su servicio social en el ayuntamiento jarocho (con Julen Rementería al frente) a integrarse como militante de ese partido. *** Tiene ya 10 años formando parte de la Comisión Permanente Estatal de ese partido, pero además fue secretaria de Formación y Capacitación del Comité Directivo Estatal; ocupó la Secretaría de Comunicación y representó a su partido ante el Organismo Público Local Electoral (OPLE) y el Instituto Nacional Electoral (INE). *** Se le conoce como una especialista en la materia electoral y con la capacidad para construir acuerdos. Su reto: colocar una vez más al PAN como protagonista de la vida política de Veracruz. *** No es fácil, pero tampoco imposible.
* * *
Y de pronto… pasamos del “ya merito” al “¿y si sí?”.
La frase ya abandonó las limitaciones de un eslogan deportivo. En el contexto de la participación de la selección mexicana en la Copa del Mundo, funcionó -sí- como una invitación a desafiar el pesimismo histórico que acompaña al futbol nacional.
Sin embargo, su rápida apropiación en redes sociales, en conversaciones cotidianas e incluso en discursos públicos revela que conectó con un rasgo mucho más profundo de la cultura política y social de México: la esperanza como mecanismo de resistencia.
Durante décadas, México ha construido buena parte de su identidad colectiva sobre una contradicción permanente. Es un país acostumbrado a convivir con enormes obstáculos estructurales —desigualdad, corrupción, violencia, impunidad, crecimiento económico insuficiente—, pero que rara vez pierde la expectativa de que las cosas pueden cambiar.
Desde ese ángulo, la expresión “¿Y si sí?” representa una evolución cultural. Durante mucho tiempo fuimos esclavos del “ya merito”, expresión que implicaba resignación: estuvimos cerca, pero no llegamos.
Sin embargo, “¿Y si sí?” cambia el enfoque. No afirma que el éxito esté garantizado, sino que plantea la posibilidad de que, al menos esta vez, la historia pudiera escribirse de otra manera.
Es una frase construida sobre una pregunta, no sobre una certeza, y precisamente por eso resulta poderosa: La esperanza como patrimonio nacional.
Esto no es nuevo. En el año 2000 los mexicanos decidieron buscar una alternativa de gobierno. Le dieron su voto de confianza al candidato del PAN (Vicente Fox) y durante 12 años (el segundo sexenio con Felipe Calderón) midieron el desempeño de ese partido en la conducción del país.
No quedaron conformes. En el 2012 regresaron a un PRI revestido de esperanza con el discurso fresco y alentador de Enrique Peña Nieto.
Al final, sin embargo, fue más de lo mismo.
Y de pronto voltearon a ver a “ese viejito” que llevaba 20 años pidiéndoles el voto y prometiendo acabar con la corrupción. En 2018 decidieron que “ya le tocaba”.
Fue otra forma de plantear: “¿Y si sí?”.
Pero el cambio no fue para mejorar.
México suele vivir en una aparente paradoja. Los ciudadanos manifiestan bajos niveles de confianza hacia las instituciones, hacia los partidos políticos o hacia el sistema de justicia, pero al mismo tiempo mantienen una notable confianza en la posibilidad de mejorar su situación personal y la de sus familias. Es decir: desconfían del sistema, pero no necesariamente del futuro.
Eso explica el éxito de la expresión. No dice: “Vamos a ganar”, dice: “¿Y si sí?”. No elimina la duda, la incorpora.
La frase refleja, también, otra característica profundamente mexicana: la capacidad para encontrar optimismo incluso cuando las probabilidades parecen adversas.
No es ingenuidad. Es una estrategia cultural de supervivencia.
Eso nos enseña el futbol, convertido en un laboratorio emocional del país.
“¿Y si sí?” trasciende al deporte porque resume esa dinámica emocional. No describe únicamente a la selección, describe a México.
No es la certeza de que todo saldrá bien, sino la decisión de seguir creyendo que el cambio es posible, aun cuando la historia invite al escepticismo.
¿Y si sí?
* * *
Epílogo.
En efecto: como bien lo advierte el abogado Eduardo de la Torre, el coordinador de los diputados de Morena en el Congreso local, Esteban Bautista, miente. No son necesarias 750 mil firmas para conseguir que se someta a la gobernadora Rocío Nahle a la revocación de mandato. *** Lo primero que tiene que suceder y que no ha hecho el Poder Legislativo que encabeza Esteban Bautista es crear las leyes secundarias que le den forma a la revocación de mandato, como lo establece nuestra Carta Magna. *** No creo, sin embargo, que la omisión en esa materia (que ya es motivo de sanción, pues se está incumpliendo una sentencia) sea por razones de “flojera”. Entiendo que es la propia gobernadora Rocío Nahle la que desde hace mucho tiempo advirtió que ella fue electa para estar seis años al frente del gobierno estatal y que no se saldrá antes. *** Ella no quiere pasar por el examen de una nueva elección (ya no coincidiría con la elección presidencial y, por lo tanto, difícilmente conseguiría una votación similar a la del 2024) que dejaría en evidencia que una buena parte de los veracruzanos que apostaron por ella (algunos habrán sido, además de los votos “sembrados”) hoy están arrepentidos. *** Esteban Bautista, en su papel de “escudero de la reina”, hace lo necesario para “patear el bote” y dejar en la caja de archivo muerto la reforma que, por ley, debe impulsar la actual Legislatura.
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