Formar a la juventud y después expulsarla: la gran contradicción de nuestros municipios

Por Rubén Ricaño Escobar
En vísperas del Día Internacional de la Juventud, preguntémonos: ¿de qué sirve formar profesionalmente a la juventud de un municipio si, al concluir sus estudios, no encuentra dónde desplegar lo aprendido?
Las familias realizan enormes sacrificios para que sus hijos lleguen a la universidad. Las instituciones educativas forman médicos, ingenieros, arquitectos, especialistas en tecnología, administradores, científicos y emprendedores. Al obtener el título, demasiados jóvenes descubren que en su región no existen empleos acordes con su preparación, salarios dignos ni trayectorias profesionales que les permitan imaginar una vida plena. Entonces se marchan. No porque hayan dejado de amar su tierra, sino porque su tierra no ha sabido construir un futuro para ellos.
Aquí es necesaria una denuncia. Con demasiada frecuencia, la política municipal de juventud se reduce a torneos, encuentros fugaces, festivales, becas aisladas o celebraciones anuales. Estas acciones tienen valor; el problema comienza cuando no forman parte de un proceso que trascienda. Un torneo que no conduce a la formación de campeones deportivos, un taller que no abre camino a los artistas, una capacitación que no encuentra empresas donde los técnicos puedan desarrollarse o un título sin oportunidades profesionales producen atención momentánea, pero no futuro. La política juvenil debe dejar de ser un calendario de eventos para convertirse en un sistema de trayectorias.
Expulsar a la juventud después de formarla es una de las contradicciones más costosas del desarrollo local. Cada joven que se va representa años de inversión familiar, social y pública que beneficiarán a otro territorio. Con esa persona se marchan conocimiento, creatividad, capacidad emprendedora, liderazgo, consumo, participación ciudadana y la posibilidad de formar nuevas comunidades profesionales. Los municipios no pierden únicamente población: pierden parte de su porvenir.
La juventud mexicana sumaba, al primer trimestre de 2025, 30.4 millones de personas de entre 15 y 29 años, equivalentes al 23.3 por ciento de la población. La desocupación juvenil alcanzaba 4.8 por ciento y la informalidad laboral 58.8 por ciento. Los datos del INEGI muestran que el problema no consiste solamente en conseguir algún trabajo, sino en acceder a uno capaz de reconocer la preparación, sostener un proyecto de vida y abrir posibilidades de crecimiento.
Así se configura una trampa territorial. Las empresas de mayor valor agregado no se instalan porque no encuentran talento especializado; la juventud mejor preparada se marcha porque no encuentra empresas innovadoras ni empleos de calidad. La economía permanece en actividades de baja productividad, los salarios siguen deprimidos y la salida juvenil vuelve todavía menos atractivo invertir. La expulsión del talento termina produciendo más expulsión.
No se trata de impedir que la juventud conozca el mundo ni de convertir el arraigo en encierro. Migrar puede ampliar horizontes. El problema aparece cuando marcharse deja de ser una elección y se convierte en la única salida razonable. Debemos reconocer el derecho a permanecer: el derecho de cada joven a construir una vida digna en su lugar de origen sin tener que renunciar a sus aspiraciones. Quien busque otros horizontes debería poder descubrir que en su propio municipio existen oportunidades iguales o mejores para quedarse, regresar o vincularse con él.
Esta preocupación no es nueva en mi trabajo. En 2019, invitado por el doctor Vidal Elías Gutiérrez (q. e. p. d.), experto en desarrollo local y condecorado con las Palmas Académicas por el Gobierno de Francia, participé en el impulso del tecnopolo sostenible Agropolis-Trebolillos. Como director ejecutivo del CMD, firmé el Memorándum de Entendimiento Técnico y ofrecí una conferencia a los jóvenes participantes. El proyecto buscaba anclar a los egresados universitarios mediante conocimiento, innovación y empleos de futuro. En mi libro Aurora: el despertar de la nueva civilización humana, he sostenido que un nuevo contrato social debe crear condiciones para el florecimiento humano; desde la neurogobernanza, que gobernar significa diseñar entornos donde puedan desplegarse las capacidades colectivas.
Los gobiernos locales no pueden decretar todos los empleos, pero deben liderar la construcción de una infraestructura de arraigo. Esto exige reconocer las vocaciones productivas, conectar universidades, empresas, emprendedores y gobierno, atraer inversión sostenible, impulsar tecnopolos, laboratorios, centros de trabajo remoto y cadenas locales de valor, y generar empleos de futuro en las economías digital, agroindustrial, circular, energética, turística y de cuidados. Capacitar sin transformar la economía es alimentar una banda transportadora que lleva el talento fuera del municipio.
Pero la juventud no elige únicamente un empleo: elige una vida. Compara salarios, pero también vivienda, movilidad, conectividad, seguridad, espacios públicos, cultura, deporte, naturaleza y convivencia. Todo ello integra la remuneración territorial. Necesitamos construir territorios para la vida, capaces de ofrecer bienestar, libertad, pertenencia y perspectivas de futuro. Un buen sueldo difícilmente compensa una ciudad sin horizonte, así como una ciudad agradable no retendrá talento si sólo ofrece precariedad laboral.
El desafío compromete a gobernantes, académicos, empresarios y sociedad. Cada municipio debe saber qué talento forma, cuál pierde, por qué se marcha y qué sectores podrían incorporarlo. Sin esa inteligencia territorial, seguiremos celebrando a la juventud en los discursos mientras la expulsamos con nuestras omisiones.
Los jóvenes no necesitan que una vez al año les digamos que el futuro les pertenece. Necesitan municipios capaces de demostrarles, todos los días, que también tienen un lugar en el presente. El arraigo no se decreta: se construye. Y cuando una comunidad ofrece a su juventud razones para quedarse o regresar, recupera su capacidad de imaginar, construir y gobernar el futuro.
Rubén Ricaño Escobar es especialista en gobiernos locales y desarrollo institucional, con más de treinta años de trayectoria. Secretario General del Centro Municipalista para el Desarrollo (CMD), autor de _ Aurora: El despertar de la nueva civilización humana y Premio Nacional a la Excelencia Municipal en 2020 y 2025.