DE PRIMERA MANO
Kenzo: el tigre en la sala
*Crónica de la muerte anunciada de un tigre de Bengala blanco en Tepetlaoxtoc, Edomex
Por Omar Zúñiga
El 27 de junio ocurrió un hecho del que muy pocos o nadie, ha querido hablar, no se trata del elefante en la sala, sino de un tigre de Bengala blanco, que escapó de Animal Experience México, un predio privado ubicado en Tepetlaoxtoc, Estado de México.
Durante casi seis días, el animal —bautizado como Kenzo— fue buscado entre zonas rurales y cerros cercanos mientras las comunidades vecinas permanecían en vilo ante la presencia de un depredador natural que jamás debió estar en esa situación.
El 2 de julio fue localizado.
Según los reportes oficiales, durante el operativo “habría intentado atacar al personal”, por lo que se recurrió a disparos, y horas después de su traslado para atención veterinaria se confirmó su muerte.
El desenlace exige una pregunta que las autoridades todavía no han respondido con claridad: ¿se agotaron realmente las alternativas para capturarlo con vida, o se actuó tarde, mal, o ambas cosas, y el animal terminó pagando errores que no eran suyos?
Hablamos de un ejemplar de una especie amenazada, enorme, fuera de su hábitat y perseguido durante días y precisamente por eso, quienes manejan este tipo de fauna en cautiverio deberían estar preparados para una emergencia así antes de que ocurra, no improvisando una respuesta cuando ya es demasiado tarde.
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La confusión sobre la naturaleza del lugar de donde escapó Kenzo no es un detalle menor. La Semarnat aclaró posteriormente que no se trataba de una instalación federal, sino de un predio privado autorizado para el manejo de vida silvestre.
Sin embargo, el activista Rodrigo Estrella documentó los hechos desde otro ángulo: según su versión, la búsqueda se desarrolló en la comunidad de San Bernardo Tlamimilolpan, y calificó al personal de la Procuraduría Federal de Protección al Ambiente (Profepa) de carecer de experiencia y conocimiento en manejo de fauna silvestre, sobre todo como esta, situada en los grandes felinos.
Que exista esta discrepancia sobre quién tenía la responsabilidad directa —si el particular titular de la autorización, o la autoridad encargada de supervisarlo y, llegado el caso, de intervenir— no es un asunto de era semántica, es exactamente el tipo de vacío institucional que permite que nadie responda por nada.
Cuando la fuga de un animal peligroso termina en tragedia y las primeras declaraciones públicas se concentran en deslindar responsabilidades antes que explicar qué falló y quién debe corregirlo, el mensaje que se manda es que no tienen peregrina idea del trabajo que realizan.
Un animal en fuga durante casi una semana no es una anécdota: es la prueba de que el protocolo de contención falló desde antes de la fuga, es decir, nunca existió.
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Estrella fue más lejos en sus señalamientos públicos; antes de la muerte del tigre, advirtió que el personal de Profepa no tenía «la más mínima idea» del manejo de fauna silvestre y cuestionó el perfil profesional del director General de Inspección y Vigilancia de Vida Silvestre, Recursos Marinos y Ecosistemas Costeros, el argentino Gustavo Ampugnani, de formación periodística (uuuffff), al que atribuyó falta de conocimiento técnico para el cargo.
Tras confirmarse la muerte de Kenzo, el activista responsabilizó directamente a la titular de la Profepa, Mariana Boy, y exigió la destitución de Ampugnani, calificando lo ocurrido como resultado de «negligencia» e «incapacidad».
Hay que ser precisos: se trata de acusaciones de un activista, no de una investigación concluida ni de una sanción administrativa firme, sin embargo, son señalamientos que, por su gravedad y por venir de alguien con trayectoria en el tema, no deberían quedar sin respuesta, y de hecho no existe hasta el momento.
Si las autoridades ambientales consideran que la crítica es injusta, tienen la obligación de explicar públicamente qué protocolo se siguió, qué recursos se desplegaron y por qué, después de varios días de búsqueda, la opción que prevaleció fue asesinar a un animal.
El silencio, o las aclaraciones parciales, solo alimentan la sospecha de que no hay una respuesta satisfactoria que dar.
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Detrás de este caso hay un modelo de negocio que merece revisión: predios privados que exhiben grandes felinos exóticos como atractivo turístico o de entretenimiento, autorizados bajo el paraguas del manejo de vida silvestre, pero sin que exista claridad pública sobre qué tan rigurosa es esa autorización, con qué frecuencia se supervisa y qué exige realmente en materia de infraestructura, personal capacitado y planes de contingencia ante una fuga.
Un tigre de Bengala blanco no es una mascota exótica ni una atracción de feria, se trata de un animal que, en la inmensa mayoría de los casos en cautiverio en México, no cumple ninguna función de conservación real: no participa en programas serios de reproducción para reintroducción, no contribuye a la preservación de la especie en vida silvestre y su presencia responde, casi siempre, al espectáculo.
Cuando ese modelo falla, como falló en Tepetlaoxtoc, el costo lo paga el animal con la vida, y lo pagan también las comunidades que viven días de temor genuino ante la posibilidad real de un ataque.
La Semarnat, la Profepa y la Conanp tienen ahora la obligación de transparentar el expediente completo de este predio: desde cuándo estaba autorizado, qué inspecciones se realizaron antes de la fuga, y qué exactamente ocurrió en las horas previas a la muerte de Kenzo.
No hacerlo equivale a confirmar, con los hechos, lo que ya denunció Estrella: que el sistema que autoriza el cautiverio de animales peligrosos no está preparado para responder cuando ese cautiverio se rompe.
Kenzo tuvo, contra toda lógica, unos días fuera de una jaula. Fueron probablemente los únicos de su vida en los que estuvo más cerca de lo que nunca debió serle arrebatado.
Que esos días terminaran en su muerte no es un accidente de la naturaleza: es la consecuencia de decisiones humanas, de autorizaciones que no debieron otorgarse en esas condiciones, y de una respuesta de emergencia que, al final, no supo —o no pudo— salvarlo.
Es, en los hechos, el tigre en la sala y exigimos respuestas claras.
¡Qué barbaridad!